martes, 6 de mayo de 2014

LA HERMANDAD DE MI VIDA



          Llevo desde que entró mi hermandad del Dulce Nombre intentando darle explicación a lo que sentí esas siete horas con el costal bajo mi Cristo, porque tengo claro que no fue algo de afición, ni siquiera a la pertenencia a ninguna asociación. Fue una serie de sentimientos y emociones retenidas estos cuatro años, que explotaron bajo el canasto de mi Jesús ante Anás.


          En la igualá en la casa hermandad me pareció ver a Enrique y Curro enseñándome como se limpiaba la plata y me volví niño, ese que empezaba a querer a la Morena de San Lorenzo y consciente de la suerte que tenía de colaborar en el engrandecimiento de su trono. Un niño con sueños de capirotes blancos en tarde de Martes Santo.

Ya en la iglesia, al mirar al altar donde se encontraba mi Reina, recordé que en ese mismo sitio fui padrino de mi sobrina Lucía, la cual a mi lado con su pequeña túnica blanca, por fin iba a saber lo que es acompañar al Señor ante Anás por Sevilla. También vino a mi memoria los llantos que el agua nos provocó tiempo atrás, correspondiéndose esa inestabilidad meteorológica, con el propio discurrir de mi vida.


       Mi primer relevo se produce en Las Cortes, siendo la primera levantá por mi hermano Vicente, ese que en tiempo pretérito llevó orgulloso por Sevilla el estandarte bofetero y que la que Dulce se Nombra, lo quiso tener a su lado en un balconcito de la plaza de San Lorenzo. Las Cigarreras marcan su adaptación del Ave María de Caccini, fondo que utilicé para reflejar en el rostro de nuestra titular el dolor de una madre, esa que pierde un hijo y que desgraciadamente lo comprobé en la mía, en este tiempo de espera a que mi hermandad pisara de nuevo las calles.


      El azar quiso que la entrada en campana fuera en el costero derecho, pasando por unas sillas que en otros tiempos ocupé, y desde las cuales al pasar agarrado a mi palo, recibía otrora palabras de ánimo y de cariño por la que un día de mi mano y delante de ella me dio un sí con aspiraciones de eternidad, pero que la vida truncó.


       La entrada valiente de mi Cristo, me recordó que esa chicotá es lección de vida, de poderle a los kilos que la vida te manda, pero con la ilusión de un futuro mejor, al lado de los que te quieren y que se suben a la rampa de las reviras complicadas, para aliviar tu sufrimiento.

Por todo ello, el pasado Martes Santo, no saqué un paso, recorrí toda una vida al lado de ellos, esos que siempre están ahí cuando los necesitan, en su capilla, ya sea para disfrutar contigo, o agarrarte y llorar a tu lado. 


Viva mi hermandad de la Bofetá




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