lunes, 31 de diciembre de 2007

A ellas

Desde las páginas de blogs cofrades le hemos escrito a las vísperas, también a los cultos, aniversarios o salidas extraordinarios. Hemos, por activa o por pasiva, anhelado nuestro querido Domingo de Ramos, recordado compañeros que puede que tengan cercano el fin en esto de las trabajaderas e incluso nos hemos henchido de orgullo de contar con nuevos miembros en los albores de su existencia.
Pero no debemos olvidarnos que para que todo esto sea posible, es necesario que tras cada uno de nosotros exista un personaje fundamental en toda esta historia: Nuestras Compañeras.
Aguantan estoicamente las inacabables noches de ensayos, teniendo siempre la alegría de saber que su soledad es el gozo de su pareja. Os habéis puesto a pensar cual sería nuestra reacción si ellas se buscaran una historia parecida. Sufren de incomprensión cuando les rebatimos acerca de lo que ellas creen perjudicial para nuestras respectivas espaldas. Son fieles compañeras cuando se nos ocurre cualquier comida, ver cualquier cofradía postrera del mes de Mayo o incluso son capaces de hacerse hermanas de la cofradía de nuestros sueños, si ello es motivo de felicidad para nosotros.
Yo os puedo contar una anécdota que ya forma parte de las razones por las que amaré a mi compañera por el resto de los siglos, era Miércoles Santo, y tras muchas noches de Viernes en la lejana Soledad de Villanueva. Tras muchas coladas de Gimnasio, quedándose incluso de madrugada para que pudiera ir al día siguiente de forma impecable o incluso no respetando eso de “Sarna con Gusto no Pica” y tras una masoquista noche de ensayo, largas friegas en los maltrechos músculos.
Los Panaderos entraba en Campana, como todos sabéis mi mujer tiene sillas en ese idílico sitio de la Carrera Oficial, al empezar a dar el paso la revirá a Sierpes, mis ojos entre la celosía que es el imponente canasto del paso empezaron a atisbar en el frontal de Pilar Burgos, los embriagadores ojos de la mujer que colma todos mis sueños. Ella buscaba en la delantera, los pies del que os escribe, rompiendo a llorar cuado los localizó allá en el Costero derecho del Prendimiento. Era un llanto de Amor, de felicidad no por si, sino por que sabia que el hombre que ama era en ese momento el hombre más feliz del mundo. Pero cariño te equivocabas era efectivamente el hombre mas feliz del mundo, pero no por llevar al Soberano Poder, sino por sentirme amado de esa forma.
Gracias a todas las mujeres que son como tú y sois capaces de querer de esa forma tan desinteresada. La única pena es que no sabría si nosotros sabremos corresponder alguna vez tanto amor.


Borrico

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